De ecoimpuesto a ecotasa.
Martín Andrés García Marí
Diario de Ibiza \ Sábado, 19 de febrero de 2000
Hace unos meses aparecieron unos artículos en este mismo medio, que, siempre desde el mismo punto de vista, hacían referencia a la ecotasa. Dado que al parecer desde estas páginas siempre se dibujaba un mismo panorama, la persona que firma este mismo artículo se decidió a publicar algunas reflexiones que pudiesen dar otra visión del asunto.
Aquel artículo no sólo defendía la implantación de la ecotasa, sino que denunciaba la actitud mantenida por gran parte del empresariado ibicenco. Como no podía ser de otra manera, no gustó mucho en ciertos círculos. El título de aquel artículo puede dar una idea de por qué fue así: “ecotasa y empresarios: estrechez de miras”. Si los calificativos que se dedicaban entonces a los empresarios no gustaron, tratemos de ver si los qué les dedicamos hoy caen más en gracia. Y es que no es necesario llegar a un análisis muy profundo para darse cuenta de que los empresarios en todo este asunto han actuado de una manera poco inteligente y sumamente irresponsable. Tampoco es bueno generalizar, pero que se den por aludidos todos aquellos que se vean representados por las palabras del señor Sendino.
Que nadie crea que esta actitud es fruto de un fuerte o vetusto izquierdismo. Creo profundamente en la tercera de las afirmaciones que hacía Churchill durante la guerra fría: “Unos ven a la empresa privada como un peligroso tire con el que hay que acabar. Otros la ven como a una vaca a la que hay que exprimir. Tan sólo unos pocos la ven como a esforzados bueyes encargados de tirar de un pesado carro”. Lo que ocurre es que a uno que conoce la forma de hacer empresa de muchas regiones y países, la de Ibiza demasiadas veces le deja mucho que desear. Tan sólo un par de islas más al norte los empresarios se lo han tomado de otra manera. Claro que allí tienen una cultura empresarial que data de la Baja Edad Media.
Poco inteligentes porque si su objetivo final es que no se apruebe la ecotasa, estratégicamente nunca deberían haber mantenido la actitud que han tenido. Cuando uno depende de decisiones sobre las que sólo puede presionar pero no decidir, aunque su postura sea radical, nunca debe tomar una actitud radical. Debe intentar confundir, tomar posturas diferentes y contradictorias, entrar hoy por un sitio y mañana por otro. Pero nunca tomar desde un principio una posición tan clara y radical. Corre el peligro de que se le tilde de “pitufo gruñón”. La clase política puede pensar que para qué hablar con él si ya se sabe lo que nos va a decir.
Lo de irresponsables necesita un poco más de explicación. La pregunta que todo el mundo se hace en la calle para responder sobre si la ecotasa puede ser positiva o no es siempre la misma: dependerá de cómo se utilice el dinero recaudado. Y ahí es donde empieza la irresponsabilidad del empresario ibicenco: desde el primer día en que se oyó la palabra ecotasa los empresarios deberían haber salido al paso y exigir de todas todas participar en la distribución de los fondos que se pudiesen recoger con la ecotasa, fuese cual fuese el resultado final de la interlocución. De esta manera dispondríamos de unos excelentes fiscalizadores de ese gasto. Además ellos son los que mejor conocen las necesidades del sector. Demasiadas veces el gasto público, cuando es decidido por los políticos, peca de ineficiencia.
Los fondos de la ecotasa nunca deberían entrar a formar parte de ninguna de las administraciones públicas. Si no al principio parecerá que con este dinero se hace mucho, pero después con el paso del tiempo su eficacia se diluirá, y al final sólo servirá para aumentar todavía un poco más la ya de por sí monstruosa Administración pública española. Los fondos de la ecotasa se deberían asignar en una mesa a tres, compuesta en igualdad por políticos, empresarios y sindicatos. De esta forma la ecotasa no sería un impuesto sino una tasa. La sociedad -y no la clase política, que son dos cosas muy diferentes- dispondría de un instrumento muy útil para hacer frente a multitud de situaciones. La eficiencia en la utilización de los fondos aumentaría y en un futuro la ecotasa se podría bajar, subir o, llegado el caso, eliminar.
En algo sí que tienen los empresarios toda la razón del mundo. Ellos no tienen por qué hacer de recaudadores de impuestos. En el país de la OCDE calificado por “The Economist” como aquel en el que la burocracia es el mayor impedimento para la creación de empleo, cargar a los empresarios con un nuevo tramite no facilitaría en nada las cosas. Más a favor del argumento de que deben exigir participar en la distribución de los fondos.
Las Pitiusas y las Baleares estamos encuadradas dentro de España. Aunque tenemos una renta muy alta y “europea”, el gasto público no está a nivel europeo, ya que es el mismo para toda España. Si queremos pedir unos precios por nuestro producto acorde a nuestra renta, nuestros visitantes exigirán un nivel de equipamiento público equivalente a esa renta. Para salvar ese diferencial entre nuestra renta y nuestro gasto público, la única solución pasa por recoger más recursos en nuestra región. Los empresarios saben que necesitamos un mayor nivel de inversión pública, pero prefieren tomar la posición insolidaria e inconstitucional de ir a llorar a Madrid.
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